XXVI AB
Hoy desperté de un largo sueño, me di cuenta que tenía la piel pegada al cemento, dolor de envoltura arrancada, la miro como si fuera otra, descubro detalles que ayer no estaban, tiene morados por todas partes, rasguños rojos que llegan a sangrar un poco aquí, un tanto más allá.
¿Qué debo hacer? Esta piel no es mía es de alguien más, de aquella persona que decidió tomarla entre sus dedos y hacerla suya, temo por mí porque sé que fui yo quien sugirió que esto pasara, sigo viendo aquella piel marchita ajena a mí, la muerte eterna de la seda esparcida por las calles.
Ahora todo está en silencio, mi novia está tirada en la mesa, y yo desnuda en la calle intentando mantenerme de pie y alcanzarla, tomo sus manos entre las mías, en su rostro ya no veo su sonrisa hermosa, ya no tiene esa luz en sus ojos, su cabello dorado ya no refleja el sol, ya no podré deslizar mis dedos por su cálido abdomen, ahora sin nada de tela cubriendo al ser inerte.
Violencia pura le ha tirado los dientes, sus ojos verdes se han guardado en formol, tiene lleno de sangre el cabello, una delgada línea la recorre desde su garganta hasta el ombligo de dónde sacarán dinero de algún enfermo adinerado, mi penuria hizo que tomara las últimas prendas.
Tu sangre firmó la condena.
No me duele que te haya perdido, me duele saberte compartida; no siento dolor al verte despojada hasta los huesos, me hiere el tener que unir tu deshilachado cuerpo para darte un adiós…pero sobre todo me martiriza pensar que quien sigue soy yo.
-Hoy más que nunca me duele decir adiós.
N.O.E